Por Aldana Rodriguez Golisano
Licenciada en Ciencias de la Educación.
Responsable Nacional de Megafón
Mesa de Conducción Nacional de la Organización Peronismo Militante
Licenciada en Ciencias de la Educación.
Responsable Nacional de Megafón
Mesa de Conducción Nacional de la Organización Peronismo Militante
“Ellos, que tenían menos recursos, que para llegar a un lugar debían viajar días y días; ellos, que se enfrentaron a los ejércitos más poderosos del planeta y uno a uno los vencieron, en nombre de esa valentía, en nombre de esa historia, la verdadera, la que no nos cuentan tal vez pero que intuimos que fue hecha por hombres y mujeres de coraje,
los quiero convocar (...) a construir una nueva independencia, la del país de la producción, del trabajo, de la educación, de la salud, del desarrollo social y de la inclusión en una América del Sur unida, solidaria e integrada.”
Cristina Fernández de Kirchner, 2008
Poco sabemos de nuestra historia. La historiografía mitrista, avalada y promulgada a gran escala por la pedagogía oficial sarmientina nos convenció desde la infancia que los próceres eran las santidades - paradoja de una educación que se autoproclama laica- que se lucían en las aulas mediante retratos solitarios y pintorescos. También, nos hablaron de batallas aisladas, que parecían suceder en instantes, sin concatenación de hechos políticos. Esta forma de conocer y aprender la historia que moldea nuestra subjetividad desde la niñez tiene un fin eminentemente político: “impedir, a través de la desfiguración del pasado, que los argentinos poseamos la técnica, la aptitud para concebir y realizar una política nacional” (Arturo Jauretche, 1959). Asimismo, la falsificación de la historia se ha esforzado por invisibilizar al verdadero sujeto protagonista de las gestas patrióticas: el pueblo. Un pueblo mestizo, compuesto por hombres y mujeres, hijos de la misma Patria, razón fundante argumentada por Güemes para la libertad y la igualdad de derechos de sus compatriotas.
Este mecanismo sofisticado de colonialismo cultural que pretende despojarnos de nuestros destinos, nos ha convencido de que la Patria tiene dos natalicios (Galasso, 2016): El primero, el 25 de mayo de 1810, producto de una revolución supuestamente anti-hispánica que pretendía el libre comercio con Inglaterra, y el segundo, el 9 de julio de 1816 mediante el acto declarativo de la independencia de las Provincias Unidas del Sud. Cabe destacar que, sin embargo, las gestas independentistas signadas durante estos años fueron bastante más complejas y no estuvieron exentas de disputas e intereses divergentes entre sus actores.
Una mirada rápida, pero no por eso simplista, sobre el 25 de mayo evidencia que no se trató de una revolución antiespañola, dado que lo que sucedió fue la constitución de una primera Junta democrática que provocó el desplazamiento de su cargo del Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros pero que, sin embargo, juró lealtad al Rey de España Fernando VII. El 25 de mayo se caracteriza principalmente por su protagonismo popular mestizo mediante la instalación de una Junta de Gobierno que promovió la necesidad de que las tierras de América dejen de ser colonias y pasen a gozar de los mismos derechos que las provincias españolas. La constitución de Cádiz, de 1812, de matriz liberal y modernizadora para ese entonces, da constancia de ésto. En lo que respecta al libre comercio con Inglaterra, es menester aclarar que este fue sancionado un año antes por el mismo virrey Cisneros.
No es posible dejar de nombrar a la Asamblea General Constituyente y Soberana del año 1813, donde las Provincias Unidas del Río de la Plata llevaron adelante una serie de acuerdos, tales como la declaración de libertad de todas las personas que nacieran en el Río de la Plata, la extinción de los títulos de nobleza, la derogación del servicio personal de los indios, la supresión de la práctica de tortura, la proclamación de la libertad de prensa, entre otras. Sin embargo, hasta 1814, año del retorno de la monarquía absoluta en España, la bandera española flameaba en nuestro suelo. Debido a la situación en la que se encontraba España y bajo la necesidad de no perder la condición democratizadora de las Juntas, surge entonces, el ímpetu independentista de las Provincias Unidas. Por dicha razón, para los Ejércitos Patriotas, impedir el paso del Ejército Realista resultó una necesidad imperante.
Antes de llegar al acta que corona la declaración de Independencia, es imprescindible valorar un hecho - ¿acaso otro natalicio?- olvidado por el mitrismo: el Congreso de Oriente, “de los Pueblos Libres”. Impulsado por Gervasio Artigas, sesionaron diputados tanto de la Banda Oriental - hoy, tierra uruguaya- como de los actuales territorios de Entre Ríos, Córdoba, Santa Fe, Misiones y Corrientes. Artigas y este Congreso, además de la independencia, plantea la distribución de las tierras. Quizás esta última idea revolucionaria es uno de los motivos del ocultamiento de las precitadas sesiones del Congreso.
En este escenario, arribamos a la conocida firma en Tucumán del Acta de Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica. El Congreso declaró la independencia de España y luego, días más tarde, aclaró que se trataba de una independencia de toda dominación extranjera. Se trató de un Congreso que contó tanto con la participación del pueblo argentino como altoperuano. Las actas, escritas en nuestro castellano, quechua, aymara y guaraní, visibilizan el mestizaje del pueblo independentista.
Es preciso mencionar que no existía claridad sobre cuál era la forma de gobierno que iba a adoptarse. Este eje constituyó el centro de la discusión del Congreso de Tucumán. El proyecto presentado por Belgrano consistía en una Monarquía inca, ya que la monarquía era la forma de gobierno adoptada nuevamente por Europa y, a su vez, consideraba que evitaría la fragmentación del territorio americano. Entre los posibles candidatos se encontraban Dionisio Inca yupanqui, oriundo de Cuzco, y Juan Bautista Tupac Amaru. Esta propuesta encontró su freno por parte de los porteños, que si bien se sentían atraídos por lo monárquico, no les sucedía lo mismo con lo incaico. Al igual que hoy, las pujas independentistas de ayer, se toparon con ciertos intereses de grupos dominantes y poderes concentrados que en el afán de someternos al dominio imperial, desprecian nuestra Patria.
Mientras tanto, el ejército realista avanzaba por el Alto Perú. Nuestros patriotas, comandados por San Martín, desarrollaron la estrategia de “las guerras de republiquetas” para contener a su paso a los realistas, por más de una década, en los territorios de Potosí, Chuquisaca, Oruro, La Paz, Santa Cruz y Cochabamba. Así, las tropas de Macacha y Miguel Güemes defendían el norte y Juana Azurduy, se armaba en el Alto Perú. Mención aparte merece la lucha de nuestras heroínas que se entregaron a las batallas libertarias y su accionar fue vapuleado e invisibilizado. En lo que respecta a Juana Azurduy, recientemente se ha hecho justicia a su nombre elevando su grado militar al rango de Coronela del Ejército por iniciativa de la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner en el año 2009.
Nuestra independencia debe ser comprendida como un proceso que emergió del calor popular y que fue alcanzando diferentes grados de democratización. En ese sentido, no puede omitirse la mención a la Declaración de la Independencia Económica realizada el 9 de julio de 1947, por el General Juan Domingo Perón, también en Tucumán. Dicha declaración proclamó que “los representantes de la Nación, en sus fuerzas gubernativas en sus fuerzas populares y trabajadoras (...) reafirman la voluntad de ser económicamente libres, como hace ciento treinta años proclamaron ser políticamente independendientes. Las fuerzas de la producción e industrialización tienen ahora una amplitud un alcance no conocidos y pueden ser superadas por la acción y trabajo del pueblo de la República”.
El acta, en particular, y el accionar del gobierno justicialista, en general, contribuyen a romper las cadenas de sometimiento de la Argentina respecto al imperialismo. Políticas continuadas en la actualidad por el kirchnerismo, que encuentran su punto máximo de inflexión en el rechazo al ALCA - Área de Libre Comercio de las Américas-, el acuerdo multilateral de libre comercio que pretendía someternos nuevamente. Esa epopeya heroica comandada por Hugo Chavez y Nestor Kirchner hace algunos años, tanto como la creación de Unasur y Celac luego, profundizan este proceso iniciado hace más de 200 años de historia que pretende liberar a nuestro pueblo definitivamente del yugo colonial.
Es este proyecto inconcluso pero imperante el que nos convoca como generación. Es aquí donde seremos sometidos al juicio de la historia, que como dijera Cristina Fernández de Kirchner “es el juicio por el que debemos ir todos y cada uno de los hombres y mujeres que conformamos el espacio. Por el juicio de la historia que es la memoria y el afecto popular que sigue recordando a Perón, a Evita, a Yrigoyen, a San Martín, a Belgrano, a Güemes, como los grandes de la Patria. Ese juicio y por ese juicio vamos y no vamos a movernos de un milímetro del lugar que estamos.” Venceremos y seremos libres. Lo demás, no importa nada.





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