Por Leila Vázquez
Responsable del Frente de Géneros y Diversidad Regional Noroeste y Tres de Febrero
Miembro de la Secretaría de Formación Política
Organización Peronismo Militante Tres de Febrero
En los últimos años se han puesto en relieve las injusticias que vivimos cotidianamente las
mujeres. El feminismo -en su heterogeneidad- ha ido tomando terreno en la opinión pública y
ha logrado que estas problemáticas comiencen a ser pensadas y consideradas, aunque siempre
desde diversas perspectivas. Se habla sobre y desde el feminismo. ¿Pero de qué feminismo y
desde cuál?
Dentro de lo que se denomina feminismo existen distintas corrientes, que si bien parten de un punto -a grandes rasgos- similar: la desigualdad de género, son distintas en tanto hay distintos marcos teóricos desde los cuales entender las problemáticas de las mujeres, diferentes estrategias para transformar esa realidad y, por ende, diferentes formas de construir ese feminismo. Sin embargo, es usual que el término se utilice de forma unificada, sin dar cuenta de estas distinciones. Y es por eso que muchas veces desde cierto feminismo que se pretende totalmente representativo, se enuncian premisas o reclamos que no nos representan a nosotrxs como peronistas. No porque estemos imposibilitadxs para sentir las injusticias que las mujeres viven día a día o porque no podamos darles respuesta desde nuestra Doctrina, sino porque los razonamientos de los que se parte nos son ajenos: no sólo ajenos al peronismo sino a nuestro Pueblo en tanto son pensamientos importados.
Esto es así porque, como suele suceder en el campo de las ideas, las conceptualizaciones que más circulan y los discursos que se vuelven hegemónicos son más bien los que se apoyan en un trasfondo filosófico liberal y/o marxista. Estas filosofías, que implican una forma particular de ver el mundo y de entender el entramado social, son el sustento principal del marco teórico desde el cual se analiza la desigualdad de género. Condicionando, a su vez, los reclamos y la forma en la que se considera que debe atenderse el problema, no sólo como gobierno sino también como sociedad. Así, la discursividad en torno a las problemáticas de las mujeres se entrelaza muchas veces con otros tipos de discursos que circulan socialmente y están presentes en el sentido común. Y es por esto que a veces se aborda con tintes, por ejemplo, punitivistas o individualistas, cuando -desde nuestra perspectiva- la problemática debe ser analizada desde un punto de vista muy distinto. Es necesario, entonces, detenernos un minuto y cuestionar algunas cosas. Lo que no implica poner en duda que es fundamental pensarnos y repensarnos como sociedad, entender y reconocer la violencia que se ejerce sobre mujeres y diversidades, nuestra ausencia en los distintos espacios, la discriminación que sufrimos por nuestro género u orientación sexual y el perjuicio que padecemos a raíz de la falta de oportunidades para acceder a bienes tanto económicos como sociales y culturales. Pero sí implica empezar a generar nuestros propios interrogantes al respecto y encontrar nuestras propias respuestas. Y eso significa comenzar a discutir con los discursos liberales que -como siempre- hacen énfasis en el individuo y en las soluciones individuales, planteando que la forma de resolver nuestros problemas es volviéndonos mujeres “libres y empoderadas” en nuestras vidas personales, preocupándonos sólo por nosotras mismas y desapegándonos del otrx. Significa discutir también con la visión radical del feminismo que, con cierta influencia marxista, plantea un escenario donde hombres y mujeres son grupos antagónicos con intereses irreconciliables y donde el patriarcado se encarna en los hombres, que se vuelven un Otro en sí mismo, ubicándolos como una alteridad inalterable. Así, ambos implican una ruptura en los lazos sociales.
Desde el peronismo, en cambio, se ofrece una tercera posición superadora de ambas salidas, que es la construcción de la Comunidad Organizada y la Justicia Social como realidad efectiva. Propone la armonía y la felicidad del Pueblo y entiende que nadie se realiza en una comunidad que no se realiza. En estos parámetros, la realidad actual donde la desigualdad de género -en su expresión más cruel- implica que una mujer es asesinada cada día, no puede ser aceptada ni ignorada. Partiendo de eso, como peronistas, el país que anhelamos no será posible si no atendemos esa realidad. A la vez, el feminismo que queremos construir se enmarca también en un pensamiento nacional y, por eso, es necesario disputar el sentido de esos feminismos que se han vuelto hegemónicos. Los cuales se basan más bien en reforzar un deber ser eurocéntrico que en emancipar desde las propias subjetividades. Un deber ser cuya lógica podemos entender con la óptica de nuestra contradicción principal: Patria o Colonia, Liberación o Dependencia. Una lógica que, sin cuestionarselo, se enuncia desde un lugar que no es el propio. Y sobre esta base propone una idea de mujer empoderada, libre, realizada... y ajena. Una idea de mujer lejana a la mujer argentina, a la mujer latinoamericana. Porque se pretende universal y da por hecho que las mujeres -como sujeto- son iguales en todas las latitudes del mundo y, por tanto, deben desear lo mismo y generar idénticas revoluciones. Se genera así una doble opresión, se debe dejar de ser la mujer que se es, dejar de adoptar los roles que se adoptan, para convertirse en el modelo de mujer universal que, por supuesto, se apoya en la mujer europea liberada y empoderada. Una vez más, se realza así lo ajeno frente a lo propio. Se vuelve horizonte lo que no somos, y se ignora lo que podemos ser; por partir de un punto equivocado, que es la idea de mujer que no seremos nunca nosotras, porque no parte de nosotras.
En este sentido, vale la pena recordar la noción de pensamiento situado propuesta por Rodolfo Kusch. Partiendo de un pensamiento situado, que implica -sin ir más lejos- partir de nuestra propia realidad y desde nuestro Pueblo, nuestras propias preguntas y nuestras propias respuestas, debemos empezar a plantear nuestro propio feminismo, es decir, nuestros propios desafíos y aspiraciones. Para eso, basta con apoyarnos en aquellas mujeres de nuestra historia que vienen trazando el camino. Un camino que no iniciamos ahora aunque muchxs quieran creer que sí y dejen en el olvido a las grandes mujeres que lucharon a lo largo de la historia por la liberación de nuestra Patria y por un país más justo. Juana Azurduy, Encarnación Ezcurra, Manuela Sáenz, y todas nuestras libertadoras; las compañeras detenidas-desaparecidas durante la última dictadura cívico militar y las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo con su ejemplo de convicción inclaudicable; las mujeres cuyos nombres no conocemos pero que resistieron firmemente a todas las dictaduras antiperonistas y las que sostuvieron a otrxs en medio de las más fuertes crisis económicas y sociales, haciéndose cargo de alimentar, acompañar y contener.
Es en ésta, nuestra historia, en la que debemos apoyarnos. Así como en las transformaciones
concretas que nuestros gobiernos significaron, en todos los planos en general, pero en la vida
de las mujeres de nuestro Pueblo en particular. Primero, durante los gobiernos de Perón, con
el indispensable rol de Eva Perón. En 1947, se otorgó a las mujeres el derecho no sólo de
votar sino también el derecho a ser votadas. Para 1951, las mujeres se habían movilizado y
organizado y en las elecciones de ese mismo año el 64% de las mujeres votaron a Perón. Pero
además, las mujeres ocuparon lugares en las listas legislativas y todas fueron electas: 23
diputadas y 6 senadoras nacionales, que sumadas a las legisladoras provinciales, daban un
total de 109 mujeres elegidas. La representación femenina en esas elecciones fue excepcional
y no volvió a alcanzarse hasta fines del siglo XX a través de la Ley de Cupos. En 1949 se
creó también el Partido Peronista Femenino, que tuvo un inmenso despliegue territorial y
significó involucrar masivamente a las mujeres a la política por primera vez. El proceso de
inclusión política y social que las mujeres vivieron durante el peronismo fue único en la
historia, no sólo Argentina sino también Latinoamericana.
Durante los gobiernos de Néstor y Cristina fuimos testigos de tantas políticas para mejorar la vida de las mujeres y reducir la desigualdad de géneros, que ocuparía demasiado espacio nombrarlas todas. Las leyes de Violencia de Género, Erradicación de la Violencia contra la Mujer, Prevención y sanción de la Trata, Contrato de trabajo para Empleadas Domésticas, Educación Sexual Integral, Jubilación para amas de casa, Identidad de género, Matrimonio igualitario, Parto humanizado, son sólo algunas a destacar para demostrar sintéticamente la forma en que nuestros gobiernos populares se hacen cargo y buscan construir la Justicia Social que tanto soñamos.
Como militantes políticxs integrales es nuestro deber no ignorar la desigualdad de géneros y, a la vez, pensarla en un marco más amplio, como parte indispensable de ese país libre, justo y soberano que queremos ver realizado. Cristina y Evita son ejemplos de ésto. Porque no transformaron solo la realidad de las mujeres, sino la de todxs lxs argentinxs. Y aún siendo mujeres, se forjaron como enormes figuras políticas y fueron (son) queridas inmensamente por su Pueblo. "Soñar con la igualdad de género en un país inequitativo, en un país con grandes brechas sociales, es simplemente retórica o ilusión", decía Cristina en 2015. No habrá justicia social en un país donde ser hombre o mujer condicione nuestras posibilidades de vivir dignamente, pero no bastará luchar por la igualdad de género si no luchamos, a la vez, por la felicidad de nuestro Pueblo y la grandeza de nuestra Nación.
Para enfrentar ese desafío es que necesitamos abrazarnos a nuestra historia y pararnos firmes en nuestra tierra. Queda mucho por pensar, hacer, debatir y escribir. Pero el punto de partida debe ser pensar(nos) desde acá, desde nuestra cultura y desde nuestra historia. Eso permitirá llevar adelante las transformaciones aún necesarias. Transformaciones que deben dejar de basarse en la idea y comenzar a armarse desde nuestro suelo, en diálogo con las mujeres de nuestra Patria. Transformaciones que no serán construidas de forma individual como supone el liberalismo, ni rompiendo nuestros lazos yendo unos contra otros, como suponen las lógicas marxistas. Sino que serán construidas con el otrx, en comunidad, bregando por una igualdad de géneros que servirá si -y solo sí- la conquistamos también en el marco un país de iguales. Porque “de nada valdría un movimiento femenino, en un mundo sin Justicia Social”.
Responsable del Frente de Géneros y Diversidad Regional Noroeste y Tres de Febrero
Miembro de la Secretaría de Formación Política
Organización Peronismo Militante Tres de Febrero
“La agitación de las masas es un efecto de la injusticia social.
El remedio no ha de estar en engañarlas ni en someterlas por la fuerza,
sino en hacerles justicia”. Juan Domingo Perón
El remedio no ha de estar en engañarlas ni en someterlas por la fuerza,
sino en hacerles justicia”. Juan Domingo Perón
Dentro de lo que se denomina feminismo existen distintas corrientes, que si bien parten de un punto -a grandes rasgos- similar: la desigualdad de género, son distintas en tanto hay distintos marcos teóricos desde los cuales entender las problemáticas de las mujeres, diferentes estrategias para transformar esa realidad y, por ende, diferentes formas de construir ese feminismo. Sin embargo, es usual que el término se utilice de forma unificada, sin dar cuenta de estas distinciones. Y es por eso que muchas veces desde cierto feminismo que se pretende totalmente representativo, se enuncian premisas o reclamos que no nos representan a nosotrxs como peronistas. No porque estemos imposibilitadxs para sentir las injusticias que las mujeres viven día a día o porque no podamos darles respuesta desde nuestra Doctrina, sino porque los razonamientos de los que se parte nos son ajenos: no sólo ajenos al peronismo sino a nuestro Pueblo en tanto son pensamientos importados.
Esto es así porque, como suele suceder en el campo de las ideas, las conceptualizaciones que más circulan y los discursos que se vuelven hegemónicos son más bien los que se apoyan en un trasfondo filosófico liberal y/o marxista. Estas filosofías, que implican una forma particular de ver el mundo y de entender el entramado social, son el sustento principal del marco teórico desde el cual se analiza la desigualdad de género. Condicionando, a su vez, los reclamos y la forma en la que se considera que debe atenderse el problema, no sólo como gobierno sino también como sociedad. Así, la discursividad en torno a las problemáticas de las mujeres se entrelaza muchas veces con otros tipos de discursos que circulan socialmente y están presentes en el sentido común. Y es por esto que a veces se aborda con tintes, por ejemplo, punitivistas o individualistas, cuando -desde nuestra perspectiva- la problemática debe ser analizada desde un punto de vista muy distinto. Es necesario, entonces, detenernos un minuto y cuestionar algunas cosas. Lo que no implica poner en duda que es fundamental pensarnos y repensarnos como sociedad, entender y reconocer la violencia que se ejerce sobre mujeres y diversidades, nuestra ausencia en los distintos espacios, la discriminación que sufrimos por nuestro género u orientación sexual y el perjuicio que padecemos a raíz de la falta de oportunidades para acceder a bienes tanto económicos como sociales y culturales. Pero sí implica empezar a generar nuestros propios interrogantes al respecto y encontrar nuestras propias respuestas. Y eso significa comenzar a discutir con los discursos liberales que -como siempre- hacen énfasis en el individuo y en las soluciones individuales, planteando que la forma de resolver nuestros problemas es volviéndonos mujeres “libres y empoderadas” en nuestras vidas personales, preocupándonos sólo por nosotras mismas y desapegándonos del otrx. Significa discutir también con la visión radical del feminismo que, con cierta influencia marxista, plantea un escenario donde hombres y mujeres son grupos antagónicos con intereses irreconciliables y donde el patriarcado se encarna en los hombres, que se vuelven un Otro en sí mismo, ubicándolos como una alteridad inalterable. Así, ambos implican una ruptura en los lazos sociales.
Desde el peronismo, en cambio, se ofrece una tercera posición superadora de ambas salidas, que es la construcción de la Comunidad Organizada y la Justicia Social como realidad efectiva. Propone la armonía y la felicidad del Pueblo y entiende que nadie se realiza en una comunidad que no se realiza. En estos parámetros, la realidad actual donde la desigualdad de género -en su expresión más cruel- implica que una mujer es asesinada cada día, no puede ser aceptada ni ignorada. Partiendo de eso, como peronistas, el país que anhelamos no será posible si no atendemos esa realidad. A la vez, el feminismo que queremos construir se enmarca también en un pensamiento nacional y, por eso, es necesario disputar el sentido de esos feminismos que se han vuelto hegemónicos. Los cuales se basan más bien en reforzar un deber ser eurocéntrico que en emancipar desde las propias subjetividades. Un deber ser cuya lógica podemos entender con la óptica de nuestra contradicción principal: Patria o Colonia, Liberación o Dependencia. Una lógica que, sin cuestionarselo, se enuncia desde un lugar que no es el propio. Y sobre esta base propone una idea de mujer empoderada, libre, realizada... y ajena. Una idea de mujer lejana a la mujer argentina, a la mujer latinoamericana. Porque se pretende universal y da por hecho que las mujeres -como sujeto- son iguales en todas las latitudes del mundo y, por tanto, deben desear lo mismo y generar idénticas revoluciones. Se genera así una doble opresión, se debe dejar de ser la mujer que se es, dejar de adoptar los roles que se adoptan, para convertirse en el modelo de mujer universal que, por supuesto, se apoya en la mujer europea liberada y empoderada. Una vez más, se realza así lo ajeno frente a lo propio. Se vuelve horizonte lo que no somos, y se ignora lo que podemos ser; por partir de un punto equivocado, que es la idea de mujer que no seremos nunca nosotras, porque no parte de nosotras.
En este sentido, vale la pena recordar la noción de pensamiento situado propuesta por Rodolfo Kusch. Partiendo de un pensamiento situado, que implica -sin ir más lejos- partir de nuestra propia realidad y desde nuestro Pueblo, nuestras propias preguntas y nuestras propias respuestas, debemos empezar a plantear nuestro propio feminismo, es decir, nuestros propios desafíos y aspiraciones. Para eso, basta con apoyarnos en aquellas mujeres de nuestra historia que vienen trazando el camino. Un camino que no iniciamos ahora aunque muchxs quieran creer que sí y dejen en el olvido a las grandes mujeres que lucharon a lo largo de la historia por la liberación de nuestra Patria y por un país más justo. Juana Azurduy, Encarnación Ezcurra, Manuela Sáenz, y todas nuestras libertadoras; las compañeras detenidas-desaparecidas durante la última dictadura cívico militar y las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo con su ejemplo de convicción inclaudicable; las mujeres cuyos nombres no conocemos pero que resistieron firmemente a todas las dictaduras antiperonistas y las que sostuvieron a otrxs en medio de las más fuertes crisis económicas y sociales, haciéndose cargo de alimentar, acompañar y contener.
Es en ésta, nuestra historia, en la que debemos apoyarnos. Así como en las transformaciones
concretas que nuestros gobiernos significaron, en todos los planos en general, pero en la vida
de las mujeres de nuestro Pueblo en particular. Primero, durante los gobiernos de Perón, con
el indispensable rol de Eva Perón. En 1947, se otorgó a las mujeres el derecho no sólo de
votar sino también el derecho a ser votadas. Para 1951, las mujeres se habían movilizado y
organizado y en las elecciones de ese mismo año el 64% de las mujeres votaron a Perón. Pero
además, las mujeres ocuparon lugares en las listas legislativas y todas fueron electas: 23
diputadas y 6 senadoras nacionales, que sumadas a las legisladoras provinciales, daban un
total de 109 mujeres elegidas. La representación femenina en esas elecciones fue excepcional
y no volvió a alcanzarse hasta fines del siglo XX a través de la Ley de Cupos. En 1949 se
creó también el Partido Peronista Femenino, que tuvo un inmenso despliegue territorial y
significó involucrar masivamente a las mujeres a la política por primera vez. El proceso de
inclusión política y social que las mujeres vivieron durante el peronismo fue único en la
historia, no sólo Argentina sino también Latinoamericana. Durante los gobiernos de Néstor y Cristina fuimos testigos de tantas políticas para mejorar la vida de las mujeres y reducir la desigualdad de géneros, que ocuparía demasiado espacio nombrarlas todas. Las leyes de Violencia de Género, Erradicación de la Violencia contra la Mujer, Prevención y sanción de la Trata, Contrato de trabajo para Empleadas Domésticas, Educación Sexual Integral, Jubilación para amas de casa, Identidad de género, Matrimonio igualitario, Parto humanizado, son sólo algunas a destacar para demostrar sintéticamente la forma en que nuestros gobiernos populares se hacen cargo y buscan construir la Justicia Social que tanto soñamos.
Como militantes políticxs integrales es nuestro deber no ignorar la desigualdad de géneros y, a la vez, pensarla en un marco más amplio, como parte indispensable de ese país libre, justo y soberano que queremos ver realizado. Cristina y Evita son ejemplos de ésto. Porque no transformaron solo la realidad de las mujeres, sino la de todxs lxs argentinxs. Y aún siendo mujeres, se forjaron como enormes figuras políticas y fueron (son) queridas inmensamente por su Pueblo. "Soñar con la igualdad de género en un país inequitativo, en un país con grandes brechas sociales, es simplemente retórica o ilusión", decía Cristina en 2015. No habrá justicia social en un país donde ser hombre o mujer condicione nuestras posibilidades de vivir dignamente, pero no bastará luchar por la igualdad de género si no luchamos, a la vez, por la felicidad de nuestro Pueblo y la grandeza de nuestra Nación.
Para enfrentar ese desafío es que necesitamos abrazarnos a nuestra historia y pararnos firmes en nuestra tierra. Queda mucho por pensar, hacer, debatir y escribir. Pero el punto de partida debe ser pensar(nos) desde acá, desde nuestra cultura y desde nuestra historia. Eso permitirá llevar adelante las transformaciones aún necesarias. Transformaciones que deben dejar de basarse en la idea y comenzar a armarse desde nuestro suelo, en diálogo con las mujeres de nuestra Patria. Transformaciones que no serán construidas de forma individual como supone el liberalismo, ni rompiendo nuestros lazos yendo unos contra otros, como suponen las lógicas marxistas. Sino que serán construidas con el otrx, en comunidad, bregando por una igualdad de géneros que servirá si -y solo sí- la conquistamos también en el marco un país de iguales. Porque “de nada valdría un movimiento femenino, en un mundo sin Justicia Social”.
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